El día que ella me contó la traición de Carlos tenía que haber sido el más feliz de mi vida.

Él la había dejado, y con ello todos los sueños de boda, hijos…. había dejado a Clara, el amor de mi vida, la mujer por lo que hago todo desde que la conocí; el muy cabrón decidió marcharse con su ex y dejarla sola, triste y desesperanzada.

Aquella noche, ella tenía esos ojos que tienen los perros cuando saben que van a morir, aquella noche tenía que haber sido la más feliz de mi vida porque ella estaba a mi lado, pero Clara estaba muerta, había perdido a Carlos.

El día que ella me recordó la traición de Carlos pude acariciar sus manos, rozar levemente sus mejillas, ahogar su llanto sobre mi hombro y regalarle mi pañuelo para que lo mojara con su pena y sus lágrimas.

Así nos quedamos mucho tiempo, tal vez fueron cuatro horas, abrazados en el sofá del salón de su casa, el mismo sofá donde la besaba Carlos tan solo unos días antes, cuando apenas eran unos enamorados con proyectos, que no supieron e ignoraron que me habían dejado sin amor para siempre.

Ella se quedó dormida y yo traté de calmar su respiración agitada, le acaricié el pelo, besé su frente y pasé mis dedos por sus labios para que relajara la cara. Ya sólo podía esperar que tardara en despertar porque jamás volvería a tenerla en mis brazos.

Me quedé quieto, cerré los ojos y sostuve con dignidad toda mi amargura y la suya mientras le susurraba: dulces sueños, mi amor.



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